Juguete

Juguete, otra palabra en vías de extinción. Y, junto a ella, su derivada juguetería. A lo más, se agarra a la pervivencia juego, pero en simbiosis con vocablos de modernidad como vídeo. La tecnología arrasa el diccionario, cuando no, nuestro idioma. Juguete es un sustantivo bien sonante. Fundido con el contento sólido y sincero de la niñez.

El juguete es la euforia infantil de un flashazo, pero el sueño para siempre de un adulto. Hecho nada, desintegrado por la herrumbre del tiempo, alimenta la evocación que ayuda a dulcificar el pasar de las edades del hombre. Conservado figura como orgullo de coleccionista o fetichista, un recreo para ojos cansados de entender la vida en los lenguajes que destierran los hechizos.

Un juguete se cuela en nuestro léxico como intruso anacrónico. Pero el encuentro con alguno es un festejo para niños, jóvenes y mayores. No quedan apenas escaparates de la magia sin caducidad que son las jugueterías. Pero donde aparecen, las cristaleras se llenan de huellas de puntas de nariz a varias alturas. Esos cachivaches, como muy pocas cosas, son la teoría hecha práctica de vencer las tentaciones cayendo en ellas por el atajo de la mirada poseedora.

El juguete es un símil del cuento. Los grandes títulos se basan en historias para mayores edulcoradas para compadecerse con la inocencia infantil. Héroes como Caperucita, Alicia, Peter Pan, son manual de instrucciones para mayores, con el lenguaje inequívoco de los pequeños, la más perfecta capacidad de síntesis oral.

La compañía del viaje literario con los juguetes se escenifica en que de padres regalamos a los hijos estos artilugios con la ilusión puesta en ellos, pero la utilidad y la diversión con destino a nuestro ego. Son posesiones que envidiamos no haber tenido cuando fuimos pequeños. La infancia nunca muere en nosotros.

Suelen terminar en el desván. Destino injusto. Han dado más de lo que han pedido. Por aquí deambula la trágica metáfora del juguete roto, tan empleada en vidas precoces truncadas por la aceleración inmisericorde de la velocidad natural de las edades. Sencillamente, descarrilan.

La tecnología usurpa la sugerente aventura de desarmar a mano propia un ingenio para ver sus tripas plásticas o metálicas, o, a la inversa, dar coherencia a piezas desparramadas en la construcción lógica de un objeto o imagen cotidianos.

El juguete de juguetería no dejará de ser en la imaginación de niños y mayores un desafío a la creación.

 ÁNGEL ALONSO  

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