El tesoro de los libros, las imágenes y el silencio…
Arsenio García Fuertes
Doctor en Historia Contemporánea.
Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación.
Foro para el Estudio de la Historia Militar de España
«Siempre imaginé el Paraíso como una especie de Biblioteca»
Jorge Luis Borges.
Aún lo recuerdo, incluso con los ojos abiertos, aquel viejo armario de madera con las puertas acristaladas, lleno de libros. Estaba pegado a la pared de la vieja escuela comarcal rural de Lucillo, un pueblo leonés al pie de la montaña del Teleno. Varios años de mi infancia los viví allí, a caballo entre aquel pueblo maragato y la cercana ciudad de Astorga donde había nacido. Mi padre, Maestro Nacional, estaba allí destinado y enseñó y educó a varias generaciones de niños y niñas, desde aprender a leer y escribir y matemáticas al resto de todas las materias de la enseñanza de Primaria y de la EGB, y para todos los niveles, desde los 6 a los 14 años… un tipo de Maestros que ya hoy no tenemos.
En compañía del Señor Alcalde, del Secretario Municipal, del Sargento de la Guardia Civil del puesto de Santa Colomba de Somoza, del Médico que venía una vez por semana e, incluso, del Cura párroco, mi Padre y todos los demás representaban al Estado en aquel pueblo de la España rural de mediados de los años 70.

Podría contar muchas historias, semejantes a las que todos los que estén leyendo estas líneas guardan de su infancia, desde las frías tardes de invierno cuando el calor de la estufa de hierro colado alimentada por las astillas (que el Maestro cortaba con el hacha en sus ratos libres de la madera procedente del monte Muga asignada cada año en un quiñón para la Escuela), calor que apenas llegaba a los últimos pupitres donde se sentaban los niños mayores, recuerdo nuestras caras pegadas al cristal mojado de las ventanas de la Escuela cuando veíamos pasar a alguno de nuestros compañeros por la carretera camino de la Corona con el rebaño de ovejas de su padre, escoltadas por varios gigantescos mastines leoneses porque aquel día no podía estar con nosotros debido a que algún familiar estaba enfermo y con trece años le tocaba a él subir a la montaña con las ovejas por donde acechaban los lobos, recuerdo el recitar cantado de la tabla de multiplicar, el ver como el Señor Maestro, mi Padre, con infinita paciencia enseñaba a un grupo de alumnos (mientras el resto trabajaban con el cuaderno) a usar la hora del reloj y entender sus manecillas, lo que indicaban y marcaban, recuerdo el griterío de todos cuando salíamos corriendo al recreo a jugar al futbol poniendo dos piedras para hacer las porterías en la carretera, pues apenas pasaba un coche cada dos o tres horas (si lo hacía), el olor de la rebanada de pan tostado sobre la chapa de hierro de la estufa cilíndrica de leña cuya chimenea salía por el cristal de la ventana, recuerdo el lento y solemne caminar de la pareja de la Guardia Civil que, con una abnegación que aún hoy me admira, venían patrullando a pie por la carretera, con sus capotes y máuseres al hombro, desde Santa Colomba hasta Lucillo y más allá, subiendo el puerto de Campo Muga, regresando después, hiciera el tiempo que hiciese, su buena veintena de kilómetros…. Otra Guardia Civil también distinta.
En aquella Escuela Rural del Estado donde el Maestro me enseñó a leer, a escribir, las cuatro reglas de las matemáticas y mis primeros estudios de Historia, Ciencias Naturales, Geografía, Literatura, Dibujo y Religión, recuerdo que el tesoro de mis miradas, cuando llegaba el recreo y tenía tiempo y permiso para ello, era el acercarme a dos viejos armarios de madera. En ambos se guardaba el “equipamiento didáctico” (que diríamos hoy) con el que los Ministerios de Instrucción Pública españoles del Siglo XX (desde Primo de Rivera y la II República, a la Dictadura del General Franco) habían dotado, con trabajo y esfuerzo encomiables, a las miles de Escuelas Rurales que había en España. Recuerdo que había una vieja balanza de mesa de dos platos con un juego de pesas que iban desde el kg al gramo, otro juego de cazos de latón para representar las medidas de líquidos desde el litro al mililitro, metros y reglas de madera, un juego completo de mapas a color de tela y enrollados, de Europa, de España y del Mundo… incluso había, sorpréndase Ustedes, un viejo aparato cinematógrafo (que ya no funcionaba) con una veintena de rollos de película para proyectar bien guardados en aquellos estuches de metal verdoso circulares en los que se llevaban las películas de celuloide a los cines en Astorga.

Han tenido que pasar los años, hacerme mayor y Profesor de Educación Secundaria en modernos Institutos de Villablino a León, de Bembibre a Astorga (hasta a mi actual destino en Madrid) para que me dé cuenta del gran esfuerzo y sobresaliente eficacia con que el Estado y sus responsables de Educación, en aquella España del blanco y negro, habían trabajado durante muchas décadas para que todo aquel costoso material estuviera a disposición de los Maestros Nacionales que impartían su oficio a lo largo y ancho de toda la España rural, logrando erradicar el analfabetismo y poniendo las bases para que mucha gente joven de los pueblos de España pudiera salir al mundo y prosperar en la segunda mitad del pasado siglo XX.
Sin embargo fue el otro Armario el que siempre me atrajo más. Era la pequeña “Biblioteca de la Escuela” y estaba lleno de libros, maravillosos libros. Aquel Viejo Armario fue para mí, y para otros niños, una ventana a un mundo fuera del Pueblo, de sus silencios y de su lentitud, un mundo que apenas llegaba a atisbar los sábados en las películas que emitía la 1 en la televisión de blanco y negro que mis Padres tenían en la Casa del Maestro donde vivíamos; vivienda pegada a la Escuela. La vieja Televisión estaba en la Cocina que era a la vez Salón y la única pieza de la casa en la que se vivía porque era la única con el calor de la vieja cocina de leña en una vivienda de dos pisos que no tenía calefacción alguna, solo el ladrillo macizo calentado en el horno y envuelto en periódicos que nos ponían en la cama al irnos corriendo a dormir y sobre el que enrollábamos mis hermanos y yo nuestros pequeños pies.

Recuerdo de aquel Viejo Armario libros de tapa dura con excelentes textos, algunas fotografías y láminas, muchas láminas a color. En ellos se explicaba el Mundo, los continentes, los paisajes, la fauna y la flora, los mares, los polos, las ciudades, culturas y pueblos de España, de Europa y de lugares muy lejanos…Libros ilustrados de Historia con los grandes exploradores, soldados, políticos y científicos de la Historia, una selección de grandes obras literarias de España y de otros países, también libros del espíritu nacional de aquella España ya tan lejana. A mí los que más me gustaban y maravillaban eran los que trataban de las máquinas desde la Revolución Industrial hasta el mundo de la aviación y la carrera espacial de los años sesenta, libros preciosos en los que con láminas futuristas de un mundo al que, aún hoy, en el 2025, no hemos llegado, se veían a los astronautas del futuro en bases espaciales de la Luna y de Marte…
Con doce años, hacia 1979, abandoné la Escuela Rural de Lucillo en la que había estudiado desde los cinco, y mis padres me matricularon en el Colegio Público “Angel González Alvarez” de Astorga, la pequeña Ciudad familiar de mis Padres. Tuve y tendría nuevos maestros y profesores. Cuatro años después pasé al Instituto público Obispo Mérida, al que, 14 años después acabé regresando siendo Profesor de Humanidades Interino de Secundaria y aprendiz de Historiador.
Sin embargo, nunca he olvidado mi Escuela de Lucillo donde un Maestro me enseñó y educó y puso las bases de lo que hoy, mucho o poco, soy. De aquella pequeña Escuela Rural del Estado en Lucillo vengo, con humildad y con orgullo, de ella salí al Mundo.
De ella, y gracias a su Maestro y a los libros maravillosos que había en aquel Viejo Armario…
Bonita historia, gracias.