Carlos Martínez irrumpió en el panorama político de Castilla y León con la fuerza de quien se sabe llamado a algo más. El crónico alcalde de Soria, con su proclamación de ser también “alcalde de Castilla y León”, inauguró una nueva etapa en el socialismo regional. Su discurso, centrado en el municipalismo, en la cercanía y en el profundo arraigo provincial, fue recibido como una bocanada de aire fresco entre unas filas socialistas necesitadas de ilusión y autenticidad. Frente al hieratismo burocrático y la comunicación inerte de Luis Tudanca, Martínez supo conectar con una idea sencilla pero poderosa: la política se construye desde el territorio, no desde los pasillos alfombrados de las Cortes.
Sin embargo, aquel impulso inicial parece haber perdido tono en pocas semanas. El intento de mostrar liderazgo territorial le llevó a tropezar con un orgullo tan vivo como el leonés. En el acto con Pedro Sánchez en León, Martínez no midió bien sus palabras y ofendió, casi sin quererlo, al alcalde José Antonio Díez y, por extensión, al sentimiento leonesista. Quiso rectificar, pero el daño estaba hecho. En política, como en el campo, una zancada en falso puede hundir la bota en el barro.

El socialismo de Castilla y León no necesita más promesas gaseosas, sino liderazgo real, humilde y eficaz. Últimamente el candidato Martínez va de tropiezo en tropiezo. O no le asesoran bien o le pasan torpes mensajes. Cuando, en realidad tiene la oportunidad de ser ese referente, siempre que entienda que el proyecto regional exige menos chascarrillos y más autenticidad. Si no renueva de verdad sus cuadros de confianza —heredados en muchos casos de una estructura que ya suena a pasado—, y si no corrige esos tics de suficiencia que restan más de lo que suman, su prometedor comienzo podría diluirse como una espuma efímera.
De alcalde cercano a candidato a toda una presidencia de la Junta descentrado hay un paso corto pero peligroso. Y en política, el aire fresco, si no se convierte en viento constante, se disipa con la misma rapidez con que llegó. Lo que en los bares de los pueblos o en las sesudas tertulias de análisis político se llama el efecto gaseosa.
ABC